Llegó al armario. Sabía lo que quería y donde encontrarlo... Allí estaba, en la caja verde de zapatos, tan brillante como siempre.Qué maravilla pensaba, mientras sus pequeños dedos husmeaban el tacto de aquel pesado artilugio. Por fin podía comenzar a olvidar toda aquella representación de marionetas en la que vivía. Cómo le alivia pensar en su dedo acariciando suavemente el gatillo. El gatillo que acciona el arma que cada vez se acerca más a su sien. Los sentimientos que surgían de aquella boquilla del descanso eterno le tranquilizaban más que cualquier sedante de prescripción médica.
Se relamia los labios, sintiéndose feliz por saber que siempre quedará una salida, una solución superior a cualquier problema terrenal, una escapatoria escondida en aquel frío metal que ahora se deslizaba entre su cálida piel. Sentir la presión del cañón le hacía ver lo absurdo de sus preocupaciones. Nada importa al otro lado, solo queda el olvido. El acecho de aquella bala. La bala que le concedería el placer de la muerte, le imponía más que cualquier dios, dictador o divinidad. Una vez desvanecido su cuerpo, que quedaba reducido a la mano que sostenía firmemente la pistola todavía contra su cabeza, solo quedaba hueco para la reflexión. Reflexión que si no le llevó finalmente a cumplir sus mortales deseos no fue más que simple curiosidad. Curiosidad por descubrir la satisfacción que el resto del mundo encuentra en la vida y que Flor en su ingenuo sufrimiento no es capaz de contemplar.
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